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Redacción / esteesMichoacan.com | Morelia, Michoacán:
Entre vestigios ancestrales y secretos que desafían el paso del tiempo, la zona arqueológica de Tingambato resguarda una de las joyas más importantes del patrimonio prehispánico de Michoacán: una de las primeras canchas del Juego de Pelota identificadas en el estado.
Lo que hoy parece un tranquilo sitio arqueológico fue, hace más de mil años, escenario de ceremonias, rituales y actividades que marcaron la vida de las antiguas culturas mesoamericanas. La cancha, considerada una de las estructuras más relevantes y enigmáticas del occidente de México, destaca tanto por su antigüedad como por sus singulares características arquitectónicas.
Construida durante el periodo Clásico, entre los años 450 y 900 d.C., cuando Tingambato era un importante centro político y ceremonial, la cancha refleja una notable influencia de Teotihuacan. De acuerdo con el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), incorpora el sistema constructivo conocido como talud-tablero, un estilo arquitectónico poco común en Michoacán.
La estructura fue edificada dentro de una plataforma rectangular y presenta una planta en forma de “L”, orientada de norte a sur. Está delimitada por banquetas con muros de talud, mientras que sus cabezales cuentan con escalinatas flanqueadas por albardas que permitían el acceso al área de juego.
Más allá de la competencia deportiva, especialistas consideran que este espacio tuvo una profunda función ceremonial. De hecho, Tingambato es uno de los pocos sitios arqueológicos michoacanos donde se han encontrado evidencias de un marcador o anillo asociado al Juego de Pelota, lo que refuerza su relevancia ritual dentro del complejo ceremonial.
Aunque la antigua cancha permanece como testimonio de la grandeza de las civilizaciones mesoamericanas, el espíritu de este ancestral deporte continúa vigente a través de la pelota purépecha, una tradición que sigue practicándose en diversas comunidades de Michoacán.
El juego enfrenta a dos equipos de cinco o seis integrantes, quienes utilizan bastones de madera en forma de “L” para golpear la pelota, conocida como zapandukua. El objetivo es llevarla hasta la meta rival para conseguir una anotación llamada Jatsíraku en lengua purépecha.
Antes de iniciar el encuentro, un jugador de cada equipo se coloca en el centro de la cancha y ambos golpean tres veces sus bastones entre sí, marcando el comienzo del juego. Posteriormente, la pelota entra en acción y da inicio a la competencia.
En algunas modalidades tradicionales, especialmente durante la noche, la pelota es cubierta con combustible y encendida, creando un espectacular recorrido de fuego que simboliza el viaje del Sol y la eterna lucha entre la luz y la oscuridad.
Así, entre las ruinas de Tingambato y las canchas donde aún se practica la pelota purépecha, sobrevive una tradición que conecta el presente con las raíces más profundas de la historia de Michoacán.